Estudio Quagliata
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Miradas Urbanas · 3

A la altura de la mirada

Hay símbolos urbanos que terminan acompañándonos mucho más de lo que imaginamos.

Base del Obelisco de Montevideo con la palabra Fuerza grabada en la piedra, reflejada en el agua de la fuente.
Foto: Alicia Quagliata

¿Qué hace que una ciudad termine sintiéndose nuestra?

Podríamos pensar en el barrio donde crecimos, en las calles que recorremos todos los días o en los espacios donde transcurre nuestra vida. Hay símbolos urbanos que, sin dejar de representar una historia compartida, encuentran un lugar en la nuestra.

Hace más de diez años tomé esta fotografía frente al Obelisco. Quedó guardada entre muchas otras imágenes de la ciudad. Al volver sobre ella no recordé la fotografía. Recordé aquella mañana de otoño.

Aquel día caminaba hacia el hospital para visitar a mi padre. Al levantar la vista me encontré con una palabra grabada en la piedra: Fuerza.

Hay coincidencias, causalidades, esos hilos invisibles que, a veces, aparecen cuando atravesamos situaciones difíciles. No necesitan explicación. Basta con que nos permitan seguir caminando.

Muchos años después volví a encontrar esa imagen. Papá ya no está. La fotografía, en cambio, había conservado ese instante mucho mejor que mi memoria.

Los monumentos nacen para representar una historia compartida. También pasan a formar parte de las historias personales de quienes los habitamos. Sin perder su significado, incorporan otros, íntimos y silenciosos, que solo existen para quienes los vivimos.

Creo que esa es una forma de construir nuestro vínculo con la ciudad. No solo compartimos sus calles, sus plazas o sus monumentos. También les vamos dando un lugar en nuestra propia historia.

Y hoy me pregunto cuántos símbolos urbanos recorremos todos los días sin advertir que, además de contar la historia de la ciudad, hablan.

Publicado originalmente en Medium el 3 de julio de 2026.